Triduo Corazón de María

MEDITACIÓN 1 CORAZÓN DE MARÍA. JUEVES Encontramos la figura maternal, cercana y ejemplar de la Santísima Virgen María. María es maternal, es modelo de madre. Cuántas madres, al haber perdido momentáneamente a alguno de sus hijos, habrán experimentado la angustia profunda que sintió María. Sólo ellas saben lo que su corazón experimentó en esos terribles momentos.

María es cercana porque durante todo el periodo de la vida oculta de Jesús experimentó las cosas más normales que una madre puede experimentar en una familia de lo más extraordinario, pero que vivía una existencia de lo más normal. Y María es ejemplar porque es una creatura como lo somos nosotros. Ella es la llena de gracia, pero vivió como nosotros, compartió nuestras dificultades y, tuvo que vivir en el claroscuro de la fe. Por eso conservaba todas esas cosas en su corazón, porque necesitaba tiempo para madurarlas, para desmenuzarlas en su alma.

Probablemente había muchas cosas en la vida de su Hijo, aparentemente igual a todos los demás niños, que no comprendía al instante, sino que tenía que repasarlas con más detenimiento. Sin embargo, María nunca preguntó el porqué. El caminar por el claroscuro de la fe no significó el más leve atisbo de duda. Y Ella no tuvo más intervención divina que el anuncio del ángel. A José se le apareció en sueños después para prevenirle de la persecución contra Jesús, pero Ella durante treinta años, hasta el comienzo de la vida pública de su Hijo, no tuvo más momentos sobrenaturales que el de la Anunciación. Y en esos treinta años, y los que siguieron de igual modo, ni una fracción de segundo de vacilación.

María es ejemplo de esa proximidad que Dios tiene con las almas que le son fieles, con las almas que le entregan todo su ser. María no dejó durante todos esos años de hacer las tareas de una mujer de su tiempo. Tuvo que ir todos los días a recoger agua a la fuente, al monte a buscar leña. Tuvo que cocinar cada día, alimentar al pequeño Jesús y educarle como cualquier otra buena madre. Dios no pide a sus hijos, al menos no a todos, la exclusividad de su tiempo. Pero sí que quiere ser lo primero para nosotros. Aunque no lo entendamos todo. Basta amar. Sobre todo en esto, María es maestra. 

MEDITACIÓN 2 CORAZÓN DE MARÍA. VIERNES Celebra la Iglesia el amor que nos tiene la Madre de Dios y Madre nuestra representado en su Inmaculado Corazón. Quizá de nada estamos tan seguros como del amor que nos tiene nuestra propia madre. ¡Cuánto más seguros estaremos y cómo será de inmenso su amor, tratándose de María Santísima, la Madre que Jesús nos entregó desde la Cruz. 

Decimos en este día que María nos quiere con un corazón inmaculado, sin mancha. Nos ama con un corazón que jamás ha querido algo desordenadamente, porque, en todo momento, dirige sus afectos a través de Dios. Siendo María la llena de Gracia, hay en Ella una sintonía máxima con Dios. Por el singular privilegio de su concepción sin pecado, no padece las consecuencias del apartamiento de Dios y en todo momento goza de una visión clara de la verdad, con la que descubre de modo inmediato el atractivo y el bien que suponen amar a Dios.

María siempre ama. Cada instante de su existencia es para nuestra Madre una clara ocasión de intimidad con su Creador, que va concretando al actualizar la conducta que más agrada a su Creador. De un modo o de otro, las suyas son de continuo actitudes maternales, actitudes, por tanto, de servicio, entregada a su Hijo Jesucristo y a todos los demás hombres –sus hijos adoptivos–, destinados por la Encarnación y la Redención a la Vida Eterna.

El Corazón de María no tiene experiencia sino de amar. No hay en Ella relación con el diablo, padre de la mentira, por eso su corazón no está viciado de egoísmo. María no es como nosotros, que con frecuencia, engañados, preferimos un interés particular, no lo que Dios espera, antes que amar a nuestro Creador.

La singular claridad de inteligencia de María le permitía reconocer a Dios junto a sí, que aguardaba a cada paso su amor. Nada aparecía como indiferente para la Llena de Gracia. Hasta lo que resultaba más insignificante para sus contemporáneos, era para Ella una valiosa ocasión de entregarse generosamente y agradecida a su Creador.

Así, no veía María con desagrado el esfuerzo de buscar una y otra vez lo más perfecto en el trabajo, lo más generoso en el servicio, la perseverancia cotidiana y continua en la oración –todo es oración para María, que no pierde la presencia actual de Dios–; por el contrario, contempla a su Señor más cercano a cada instante, por eso, cada vez –a cada instante– es más feliz aunque le cueste.

Confiando en este amor que ha puesto totalmente en Dios, y por Él en la humanidad, nos acogemos a su maternal auxilio. No puede defraudarnos, ya que nos ama con el mismo corazón inmaculado con el que quiere a Dios como nadie más le ha querido ni le puede querer. Su gran amor al Creador, de quien quiso ser esclava, y a quien se entregó deseosa de que se cumpliera en Ella su palabra, manifiesta –por la calidad de su entrega– la perfección y generosidad de su corazón lleno de Gracia.

Animada de esas mismas disposiciones acogió la petición de su Hijo al pie de la Cruz de ser Madre nuestra. Por eso, aunque la Sagrada Escritura narre pocos detalles de la entrega maternal de María a los discípulos de su Hijo, estamos seguros de su desvelo por los Apóstoles y de la eficacia de su intercesión en favor de la Iglesia naciente. Su amor por los hombres brota del mismo amor con que sirvió a Dios como corredentora en los días de su vida mortal. Ahora, como siempre, prodiga su protección sobre la Iglesia Universal. Se hace más patente, en todo caso, para quienes se acogen de modo especial a su protección, y confiados acuden como niños buscando su auxilio, persuadidos de que será por los siglos apoyo infalible de los hombres, en el camino hasta la eterna bienaventuranza.

Tampoco faltarán en la historia futura de la humanidad esas intervenciones extraordinarias de la Madre de Dios y Madre nuestra, de las que tenemos ya repetida experiencia. ¡Cuántos santuarios de la Virgen conmemoran por el mundo su maternal protección a lo largo de los siglos! El suyo es un corazón permanentemente a nuestro favor; que nos ama, aunque, demasiado pendientes de nuestras cosas, casi no nos acordemos de Ella. También entonces vigilará María. Querrá salir al paso de las penas y dolores de sus hijos, y fácilmente notaremos su cariño a poco que fomentemos su devoción.

Del mismo como que se adelantó, aliviando el problema que por un descuido iban a tener los jóvenes esposos de Caná de Galilea –según narra san Juan–, también sale al paso de los hombres de hoy. Hasta el final de los tiempos, además del amor que siente por la humanidad, siendo Llena de Gracia, María tiene asumido el encargo de su Hijo, que quiso que nos hiciéramos niños y que no nos faltara nunca una protección maternal.

Acudir, en fin, a Santa María, es señal infalible de gloriosa predestinación. Con su corazón de Madre, no sólo nos quiere bienaventurados en el Cielo sino también –como lo fueron los santos– felices en la tierra. 

MEDITACIÓN 3 CORAZÓN DE MARÍA. SÁBADO Jesús crece en María y es parte de ella y el corazón de Jesús está íntimamente unido al corazón de María. También María vive en Jesús que es su todo y el corazón de María está íntimamente unido al corazón de Jesús que le insufla la vida. Así que Jesús y María son uno, viviendo en la tierra. El corazón del uno no vive ni respira más que por el del otro.

Estos dos corazones, tan cercanos y tan divinos, viviendo una única vida tan alta ¿qué no harán el uno para el otro, el uno en el otro? Únicamente el amor lo puede imaginar y sólo el amor divino y celestial. Únicamente el amor de Jesús lo puede comprender... ¡Oh corazón de Jesús viviendo en María y por María, oh corazón de María viviendo en Jesús y para Jesús, oh unión deliciosa de estos dos corazones!

El corazón de la Virgen es el primer altar sobre el que Jesús ha ofrecido su corazón, su cuerpo, su espíritu en hostia agradable de alabanza perpetua, y donde Jesús ofrece el primer sacrificio y la primera y eterna oblación de sí mismo.

Todas las cosas tienen su perspectiva. María también. Corazón de María no es tanto un órgano de la Señora, cuanto una perspectiva. Para ver bien las cosas necesitamos adoptar un punto de vista apropiado. No se ven bien las cosas ni demasiado cerca ni demasiado lejos. Es preciso saber mirar. Cuánta gente viaja por el mundo sin ver nada.

Sólo se ven bien las cosas con el corazón, anotaba el Principito. Sólo se ven bien las cosas con el corazón limpio, añadimos nosotros. Los santos entendieron bien la realidad. Vieron a María como la mujer todo Corazón. No podía ser de otra manera, ya que Dios mirado profundamente por el evangelista san Juan no es otra cosa que Amor. 

Es decir, también Dios es todo Corazón. María. Pues, la mujer todo Corazón. Todas las otras advocaciones de la Virgen como Señora de los Desamparados, Consoladora de los afligidos, Refugio de los pecadores, Madre de todos los hombres... son riadas de ese  inmenso océano que es su Corazón. Que posee dos modulaciones significativas: una modulación contemplativa, pues María es la mujer prendida siempre de la voluntad del Padre como su único amor; y una modulación combativa: María es la que aplasta la cabeza de la serpiente y abraza a todos los pecadores. En su corazón cabemos todos los humanos.  

Bien podemos parafrasear con el poeta: «Méteme, madre buena en tu pecho, misterioso hogar/ allí dormiré, pues vengo rendido/ del duro bregar». Que la Virgen Madre nos guarde en su Corazón. Allí mora esplendorosamente la luz. Hasta el día que en su luz podamos ver definitivamente la Luz.