Buena prensa

Comunicar, tender puentes, construir redes, abrir espacios

Una propuesta teológica para educadores y comunicadores desde una perspectiva de género (Fragmento)

Claudia Florentin y Marcela Bosch.

La comunicación es un proceso riquísimo de construcción

donde intervienen elementos diversos que pueden ser transformados,

de construidos y reconstruidos por el encuentro.

 

Hablar de Dios... El de nosotras/el Dios de ellos

Las experiencias de fe también precisan tener su lugar dentro
de las historias de la vida de las mujeres, de modo que ellas
puedan reflexionar autónomamente sobre ellas. La historia de vida de las mujeres también es una historia de fe.

La teología feminista participa de esa gran tarea, ensayando una otra manera de pensar en Dios, la cual formula una cuestión de poder y libertad del modelo de pensamiento autoritario o buen otro Dios-soberano.

¿Qué poder tiene una divinidad que no decide batallas, ni protege de catástrofes ecológicas y económicas?

Dorothee Sölle, teóloga feminista, al hablar de los símbolos nos dice que: “cuando realmente entendemos que podemos hablar de Dios simbólicamente, entonces, cada símbolo que se exhibe como absoluto debe ser relativizado”.

Quisiéramos destacar a continuación dos cuestiones la 1) -Que para hablar de Dios en lenguaje simbólico es necesario proyectar en la divinidad nuestra propia experiencia. 2) Que el lenguaje que empleamos sobre Dios es masculino, aunque le agreguemos adjetivos femeninos; aquí seguiremos en nuestra reflexión fundamentalmente a Severino Croata.

“Daré un pequeño rodeo para explicar lo que estoy diciendo con un ejemplo de mi vida, que es también parte de mi búsqueda de lo sagrado. En mi camino como feminista, y como teóloga, me he preguntado tantas veces por qué a diferencia de muchas compañeras yo no encontraba en mí demasiadas reticencia para hablar de Dios como Padre.

Al hacer memoria de mi nacimiento a la fe en D*d (La teóloga Schussler Fiorenza utiliza esta expresión para obviar el uso de femenino y/o masculino al hablar de Dios) y a la fe en la vida, aparece la gura de mi padre. Cómo olvidar la calidez de su mirada, cómo olvidar los esfuerzos que hizo para alimentarme de recién nacida. Cómo no evocar las noches que pasaba a mi lado contándome historias. El me miraba con orgullo, aún no entendiendo, aún no compartiendo y a pesar que creyera que estaba equivocada... ¡Mi padre fue quien me enseñó que la verdad era la única manera de ser libre!

¡Cómo podía pensar entonces en un Dios-Padre que ama la obediencia ciega, todopoderoso y distante! Haciendo memoria, y trayendo a estas páginas mis recuerdos, quiero expresar que los lenguajes sobre Dios no pueden tener para todas las

personas una lectura unívoca. Por otra parte, tampoco el lenguaje podría dar cuenta de la dimensión de Dios. Hablar de Dios no puede significar encerrarlo o en atributos femeninos o en atributos masculinos, pues dichos atributos son parte de nuestra cultura patriarcal expresada en lenguaje androcéntrico, sostenida y avalada por los imaginarios sociales.

Por eso no me basta con oír rezar el credo diciendo padre o madre, ¡cómo si este lenguaje, inclusivo dentro de las Iglesias, fuera el cúmulo de la osadía, o borrara siglos de dolor y opresión en las y los más débiles!

Nombrar a Dios como madre no nos libera de la tarea de llenar un significante de significa- dos siempre renovados, basado en un cambio de las estructuras donde ellas se asientan. Si no, ¿en qué madre podríamos pensar?, ¿en la que está siempre en función del padre?

¿Qué madre?, ¿la resignada?, ¿la incondicional?, ¿la que ama los sacrificios, incapaz de levantar la cabeza, vencida por la sumisión? ¡Claro que no! Volveríamos a encerrarnos en significados vacíos! Volveríamos a enredarnos en los lazos que el patriarcado sostiene con el lenguaje androcéntrico, ¡el que ama las oposiciones, y pregona verdades universales!

Conformarnos con los atributos femeninos es caer en el juego que agudiza las diferencias, aquél que nos prohíbe crecer en igualdad”.18

 

El lenguaje que empleamos sobre Dios

Sin embargo no podemos dejar de decir que mayoritariamente en los textos el Dios bíblico es masculino, y como ya lo ha subrayado Elisabeth S. Fiorenza, es un Dios patriarcal y kyriarcal.19

 Enunciado que abre algunos interrogantes, Severino Croatto levanta algunos de ellos: ¿está Dios más allá de la sexualidad?, se pregunta el biblista, y responde que, lo normal para los seres humanos es hablar de Dios en forma sexuada, pues para que el significante persona tenga sentido debe ser varón o mujer.20

Por otra parte, aclara el autor, las representaciones de Dios son sexuadas. “Los lenguajes sobre Dios arman su función, su nombre, y su representación”.21

No parece lo más conveniente usar epítetos femeninos para representar a un Dios masculino. Dios es Dios, masculino es padre, pero no madre. Una Diosa sí es madre. De otra manera, sólo estamos atribuyendo a un Dios masculino algunas cualidades o actitudes de la mujer. Y recaemos en las metáforas, sin tocar la concepción radical masculina de la divinidad. En efecto, la mayoría de los atributos divinos seguirán siendo masculinos...

 [...] En vez de invocar a Dios-madre, habrá que atreverse invocar a la Diosa-madre, lo que no es arrimar otra divinidad a la que ya tenemos, o captar o destacar con un lenguaje coherente que si Dios es persona, no es un soltero celestial, sino una divinidad que podemos visualizar.22

Podemos comprobar en la tarea comunicadora y educadora que, a medida que las mujeres en los grupos de pares avanzan en autonomía, el Dios omnipotente y lejano que introyectaron desde pequeñas se torna D*d, íntimo, un D*d amoroso cercano a sus experiencias.

Con ellas, D*d se libera circula, aletea, y permanece en el círculo de mujeres dispuestas a aceptarla sin condiciones.

D*d sabiduría permite que cada una de ellas vaya buscando su propio poder y lo refuerce en la palabra, en un recuerdo, en una sonrisa. Hay un D*d-piedad que se acerca a las mujeres en la intimidad, que las ama con sus características propias, que no teme rozar sus cuerpos y que las mira amorosamente sin juzgar. Es D*d- relación que va creciendo en ellas, en la medida que ellas también crecen.

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