AGRADECIMIENTO A DIOS POR MIS 50 AÑOS DE VIDA CONSAGRADA: MADRE ANTONIA ARRIAGA CRUZ MCM

Para mí, estas Bodas de Oro en la vida religiosa, son un momento especial de agradecimiento al Señor y a muchísima gente, por quien ha sido y sigue siendo mi consagración religiosa en la Congregación de las Misioneras Cordimarianas para seguir anunciando con alegría e intensidad el Reino de Dios, intentando ser una hermana con los hermanos, una testigo del Señor. Este tiempo especial lo estoy viviendo con sencillez y con profunda alegría.

El Señor me llamó siendo muy joven a su seguimiento y no me ha abandonado nunca. Y a pesar de mis limitaciones y flaquezas, sigue acompañándome con sus gracias y dones para que pueda cumplir con fidelidad y generosidad la misión que Él mismo me ha confiado.

Cuando miro hacia atrás, me admiro de cómo el Señor me ha guiado siempre, y en todos estos años he sentido cómo su Espíritu me ha ido trazando caminos, así como mi Congregación, en el servicio a la Iglesia. Los caminos del Señor siempre nos llevan al encuentro con los demás, en un descubrimiento gozoso de sentirlos hermanos y hermanas.

Evoco con particular emoción: La primera profesión religiosa, los votos perpetuos; mi destino como misionera a los distintos colegios donde fui enviada, mismos que me han configurado y marcado profundamente para asumir, vivir y anunciar el Evangelio, para trabajar en la construcción del Reino con total entrega y disponibilidad.

 

Mi primera experiencia misionera como maestra fue en el Colegio Guadalupe de Apaxco, la cual ha sido una auténtica escuela de cómo ser misionera, y eso lo aprendí de gente humilde, sencilla, pobre en lo material pero muy ricas de espíritu, entregadas, alegres, serviciales, también colaboré con los misioneros Pasionistas en las misiones y actividades parroquiales.  Y es aquí mismo, donde Dios me permite celebrar junto con ustedes esta alegría.

Hoy, que estoy celebrando estos 50 años de vida consagrada, es esta una ocasión favorable para agradecer por el infinito amor de Dios y de sus designios de amor, por eso en primer lugar mi agradecimiento íntimo y profundo a Él, por el don de la vida y por haberme llamado a esta vocación y misión fortalecido con el don de la fidelidad.

 

Gracias a mi familia que me ha dado una formación sencilla pero auténtica, por los valores cristianos que me enseñaron, y donde he aprendido a amar a Dios y a la Virgen, nuestra querida Madre, a ellos un gracias inmenso, por su generosidad y sacrificio de aceptar mi lejanía en los distintos lugares a donde he sido enviada.

Gracias a mis formadoras que me ayudaron en la etapa inicial y permanente en la Vida Cordimariana.

 Gracias a todas mis Superioras, las de ayer y las de ahora que siempre me han acompañado y lo siguen haciendo con sus oraciones y consejos… 

Gracias a todas mis hermanas Cordimarianas, esparcidas por el mundo, a mi comunidad y a las comunidades en donde estuve, y que me han ayudado a crecer en lo humano y espiritual con sus ejemplos de fidelidad y entrega generosa a Dios. 

Gracias a todos los sacerdotes que me han acompañado en mi vida religiosa con sus oraciones y sacramentos.

Gracias a mis amigos y amigas que en verdad me han hecho ver en profundidad el significado de la Vida Consagrada para mejor servir.

Gracias por todos los saludos y abrazos recibidos de tantos y tantas niñas y niños con los que he tenido la oportunidad de vivir y compartir nuestra alegría en las aulas de clase.

Y Gracias a todos ustedes, lejanos o cercanos, que me están acompañando en estas Bodas y al mismo tiempo me ayudan a dar gracias a Dios por tantos beneficios que el Señor en su bondad me ha regalado en estos 50 años, que en verdad no son pocos.

Hoy con corazón agradecido puedo decir que celebrar Bodas de Oro, lejos de sentir que la vida se escapa, es seguir caminando con paz, sin prisas, pero sin pausas, con una comprensión creciente hacia todos y con mucha compasión, por eso con alegría inmensa entono, como María, el Magníficat.  “¡Proclama mi alma la Grandeza del Señor, se goza mi espíritu en Dios mi Salvador!” …Al final de todo hallaremos la ternura insondable de un Dios que es Padre y Madre.  Celebrar Bodas de Oro es seguir diciendo: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.

 ¡Gracias, Señor!.

¡Gracias Inmaculado Corazón de María!.

¡Gracias a Todos!.

 Amén.